Historia de la investigación

La cueva del Parpalló ha sido, como tantas otras cavidades naturales de la montaña mediterránea, un refugio de ganado y pastores. Con un redil a la entrada hecha con plaquetas calcáreas, tal y cómo se puede ver en más de una fotografía (imagen), el yacimiento que pocos años después será mundialmente conocido, era un modesto vallado para estabular cabras u ovejas. 

La cueva no ha dejado nunca de estar habitada, a pesar de que con diferentes usos e intensidades, hasta casi la actualidad. Así, un pastor de la zona reconoció a Lluís Pericot haber recogido más de 30 arrobas de piedras de fuego, hecho que da a entender que era un lugar conocido por su presencia abundante de sílex con qué fabricar mecheros, "pedrenyals o trillos", es decir, instrumental contemporáneo con el que se usaba este mineral tan escaso en el entorno geológico inmediato. También había sido una cueva objeto de leyendas infundadas sobre tesoros escondidos, tal y como narraba el guía barxí Bernat Castelló.

El primer investigador al hablar desde un punto de vista científico fue el naturalista valenciano Joan Vilanova y Piera (Valencia, 1821-Madrid, 1893). El 1872 dio a conocer la cueva de las Maravillas, en la sierra Falconera, y la cueva del Parpalló en su obra de referencia "Origen, Naturaleza y Antigüedad del hombre" (1872: 349 y 362), donde publica unas breves notas y unas remiradas litografías.

Posteriormente, publicó con más detalle de los avatares del descubrimiento de Parpalló, casi veinte años antes y acompañado de un joven Eduard Boscà y del guía Bernat Castelló, en su Memoria geognóstico-agrícola y protohistórica de Valencia (1893: 17-20).

La cueva fue también visitada nuevamente por el abad francés Henri Breuil, comisionado por el Instituto de Paléontologie Humaine de París en 1913 (Anthropologie, T. XXV, 1914, p. 251), guiado desde Marxuquera por un "tartaner" local llamado Canet y siguiendo los apuntes publicados anteriormente por Vilanova y Piera, por el ingeniero de minas G. Puig y Larraz y por el pare escolapio Leandro Calvo.

De este modo, Breuil excavó parcialmente en la cueva del Parpalló, donde localizó una plaqueta grabada con una posible figura de lince, según su interpretación, la primera referencia de la existencia de arte paleolítico en el yacimiento (imagen). También realizó sondeos a la cueva de las Maravillas de Gandía y a la cueva de las Calaveras de Benidoleig, con interesantes y prometedores resultados resumidos a sus Travaux en Espagne (Breuil, 1913).

Entusiasmado por la riqueza de estos tres yacimientos y animado por una intuición firme en el elevado valor de la secuencia paleolítica de la fachada mediterránea, solicitó formalmente la excavación del Parpalló y Calaveras a la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades. La concesión del permiso por Real Orden del 17 octubre de 1914 no pudo hacerse efectiva a consecuencia del estallido de la Y Guerra Mundial. El proyecto quedó así provisionalmente cortado.

Aun así, el noviembre del 1926 se produjo un paso decisivo en la reanudación del interés por Parpalló. El gerundense Lluís Pericot visitó el Instituto de Paléontologie Humaine de París donde se encontró con H. Breuil. El religioso francés elogió las condiciones de Parpalló, hecho que espoleó Pericot a tratar de conseguir excavarla lo más pronto posible.

Justo un año después, en octubre del 1927, Pericot llegó a Valencia y conoció a Isidre Ballester Tormo (1876-1950), figura capital de la arqueología valenciana y primer director del Servicio de Investigación Prehistórica (SIP) de la Diputación Provincial de Valencia. De hecho, Ballester ya era sabedor de la relevancia del yacimiento, que había visitado de joven con Leandro Calvo, y lo consideraba clave para empezar a enriquecer la colección del servicio de investigación estaba creando la corporación provincial. También el catedrático Pere Bosch Gimpera (1881-1974) recomendó a Pericot la idoneidad de las investigaciones de la cueva del Parpalló.

El julio de 1928, definitivamente, Pericot visitó Parpalló acompañado por Josep Ballester, hermano de Isidre. Muy pronto encuentra sílex, plaquetas grabadas, hace un esbozo de la planta y toma algunas fotografías, llegando a la conclusión provisional que se trataba de un yacimiento con un gran depósito arqueológico, sobre todo de época Magdaleniense. Este aspecto ya se comentó en la Memoria del SIP del en 1928, publicada un año después.

A partir de este momento empezó a prepararse la excavación para el verano siguiente y, en poco tiempo, la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades y Fèlix Pastor, propietario de los terrenos, dan el visto bueno administrativo.

La excavación de la cueva del Parpalló se terminó en tres campañas a lo largo de los veranos de 1929, 1930 y 1931. Además de una seguido de colaboradores del SIP, participaron un numeroso equipo de obreros de la Drova y de Atzeneta d'Albaida.


La primera campaña de excavaciones se centró en la gran cámara. La segunda prosiguió en este sector y dejó para el final la excavación de las galerías, que debido a las investigaciones clandestinas busca de tesoros, poseían una problemática estratigráfica especial. Finalmente, la tercera campaña se destinó a la excavación del talud, un testigo excavado mediante estratos naturales donde se establecieron un total de 29 niveles a lo largo de una potencia de 6,5 m. La excavación detallada de este talud (imagen) sirvió para ratificar todas las observaciones hechas en las dos campañas anteriores.

El junio del año 1932 Lluís Pericot visitó el yacimiento en compañía de algunos alumnos de la clase de Prehistoria de la Universitat de València y pudo comprobar el buen estado de conservación de la cavidad a pesar de que había vuelto a estar reocupada por pastores.

En los años siguientes, la cueva es objeto de numerosas reseñas en publicaciones científicas y Pericot se embarca en una empresa intelectual de primera magnitud que lo llevará a recorrer la mayoría de las colecciones y museos europeos con la idea de enmarcar el contexto arqueológico del Parpalló. Esta ingente actividad investigadora tiene su colofón con la esperada monografía La Cueva del Parpalló (Gandía), publicada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en 1942 (imagen). Desgraciadamente, y cómo ha sido a menudo reiterado, el impacto científico de esta obra no fue la que cabía esperar debido a la situación turbulenta que vivía el continente, en llena II Guerra Mundial.
A pesar de todo, la obra, además de representar un punto de inflexión en el panorama de la investigación del paleolítico superior europeo, tuvo el acierto de ofrecer una reconstrucción diáfana de los potenciales de la prehistoria mediterránea, muchas veces menystinguda en detrimento otras áreas aparentemente más prestigiosas debido a una mayor atención historiográfica.

A partir de esta publicación emblemática del año 1942, las investigaciones directas sobre la cueva del Parpalló parecen resurgir. Simultáneamente, el SIP pone en marcha una serie de investigaciones en otras estaciones de la comarca con la intención de establecer paralelas secuenciales y coger mejor el fenómeno de Parpalló a escala regional.

La mayor parte de estas investigaciones, algunas de ellas con importantes colaboraciones internacionales, son informadas minuciosamente en el Noticiario Arqueológico Hispánico: cueva de las Ratas Penadas (1952), cueva del Barranco Blanco (1953), exploraciones en la sierra Falconera (1953), cueva de las Maravillas (1953), cueva de la Hiedra (1962), cueva del Rincón Cerrado (1962), cueva de las Malladetes (1962), etc.

Esta actividad arqueológica febril e ininterrumpida, financiada y avalada científicamente por el SIP, se ve reforzada por la incorporación de jóvenes investigadores de la talla de D. Fletcher Valls. En este contexto se realizan algunas intervenciones puntuales en colaboración con la Wenner Gren Foundation for Anthropological Research de Nueva York, especialmente en las excavaciones de la cueva Negra de Xàtiva, de la cueva del Barranco Blanco de Rótova y de las cueva del Parpalló, esta última durante los años 1958 y 1959.

En estos trabajos se limpió el talud de la entrada, con el hallazgo de algunas plaquetas con incisiones. Al pie del mismo talud se practica un sondeo hasta la base de 3x2,5 m., con la aparición de puntas, plaquetas grabadas o con restos de pinturas.

El fondo de la cueva también fue objeto de limpiezas y, al llegar a la base estalagmítica, se  barrenó con el fin de comprobar si se trataba o no del final del yacimiento.

En el abrigo que hay junto a la cueva principal se encuentra una plaqueta con un animal grabado pero los sondeos del mismo lugar son infructuosos.

Finalmente, serecogieron muestras de tierra del talud y de las brechas para analizarlas y se instaló la placa: "Diputación Provincial, S.I.P., CUEVA DEL PARPALLÓ, Excavaciones 1929-1931".

Paralelamente a esta vía académica, se inicia una tendencia de trabajo de forofos locales, entre los cuales destaca V. Gurrea Crespo o A. Sancho Santamaría. Sus prospecciones e investigaciones en el término municipal de Gandía y ente los limítrofes son la base del corpus de yacimientos conocidos en la zona (Aparicio, Gurrea y Climent, 1983).

A partir de la década de los 70 y 80 del siglo XX se inicia un periodo nuevo interés por la cueva. Muy pronto, este nuevo impulso se escindirá entre dos sectores: uno de cariz más divulgativo que trató de usar Parpalló con finalidades políticas, con publicaciones como El primero arte valenciano I. "El arte parpallonés" de J. Aparicio y J. San Valero (1983), y otra tendencia nacida de la reanudación de los estudios sobre los materiales de las excavaciones antiguas desde unos posicionamientos teóricos renovadores.

Entre estos investigadores jóvenes, formados en universidades europeas, se pueden citar Josep Maria Chapa Pericot, nieto de Lluís Pericot, con su tesis doctoral publicada el 1979 con el título Las industrias líticas del Paleolítico Superior Ibérico o el australiano Iain Davidson con la tesis publicada el 1989 con el título La economía del final del paleolítico en la España Oriental.

También se defendía alguna tesis de licenciatura importante como la de Valentín Villaverde el 1979 El Solutrense en el País Valenciano, estado actual de su conocimiento. Las puntas de muesca de Parpalló fueran objete de especial atención en el trabajo Piezas cono escotadura del paleolítico superior valenciano, del citado autor y J.L. Peña el 1981.

Por otro lado, el 1984 se inauguraba, después de décadas de traslados, en el Museo de Prehistoria de Valencia a la Casa de la Beneficencia, la exposición definitiva dedicada a las Sociedades Cazadoras de la Prehistoria Valenciana (Martí y Villaverde, 19), con salas monográficas sobre el paleolítico, arte paleolítico y epipaleolític y donde Parpalló adquiría un protagonismo especial en cuanto a la secuencia estratigráfica y a la colección de plaquetas grabadas y pintadas.

Las tesis doctorales en el ámbito universitario continuaban sucediéndose, como por ejemplo, el 1995 la de Emili Aura Lo Magdaleniense Mediterráneo: La Cueva del Parpalló (Gandía, Valencia), así como otros trabajos de investigación sobre las plaquetas por parte de Ángel Velasco y Enric Portillo que fueron culminados con la publicación monumental de V. Villaverde sobre las plaquetas, Arte Paleolítico de la Cueva del Parpalló. Estudio de la colección de plaquetas y cantos grabados y pintados (imagen), del año 1994 y una de las obras europeas más importantes sobre el fenómeno del arte amueble paleolítico.

La investigación se ha ido multiplicando todavía más los últimos años con tesinas como la de Laura Fortea el 1997 o tesis sobre aspectos parciales pero relevantes del depósito de Parpalló, como la de Paula Jardón el 2001 sobre los gratadors o de Marc Tiffagom el 2006 sobre la industria lítica solutriana.
Otros trabajos han versado sobre aspectos no estrictamente arqueológicos, como el arqueoastronomía y la acústica de la cavidad, pero que aun así añaden nuevos puntos de vista al estudio de la ocupación humana de la cueva del Parpalló.

Capítulo a parte merece el descubrimiento, el 2001, de la figura grabada de un caballo de cronología solutriana (20.000 años antes del presente) en una de las paredes de la cueva (imagen). Su hallazgo y documentación motivó una nueva campaña de excavación bajo la dirección de J. Aparicio. Este hallazgo ha servido para impulsar campañas de investigación de arte paleolítico, no sólo en la misma cueva del Parpalló, sino en el resto del término de Gandía con resultados muy destacados, como por ejemplo el plafón grabado de la cueva de las Maravillas, todavía hoy bajo estudio.

 

LA SECUÉNCIA ESTRATIGRÁFICA

La estratigrafía es una sucesión de capas de tierra depositadas por la acción humana o de la naturaleza. Los métodos de excavación actuales se basan en el principio de superposición estratigráfica, cosa que significa que las capas de tierra superiores son más recientes y las inferiores más antiguas. La información recogida de la lectura de la estratigrafía es muy importante para la datación de los elementos que contengan, puesto que todos los materiales encontrados nos ofrecen directamente o indirectamente una cronología según el estrato en que se hayan encontrado.

La reconstrucción estratigráfica de la cueva del Parpalló ha sufrido varios cambios y revisiones a lo largo del tiempo fruto de importantes esfuerzos interpretativos.

La primera propuesta de Lluís Pericot contemplaba tres grandes ciclos culturales: el auriñaciense, el solutriense y el magdaleniense. Tenía el acierto de haber dispuesto del talud para comprobar con detalle la sucesión de estos ciclos (imagen):

 

Auriñaciense superior: de 8,5 a 7,25 metros de profundidad.

La cueva tendría una entrada y una morfología diferente, con una plataforma delantera próxima a la fuente del barranco. La habitación humana debió de ser escasa, limitándose a algunos hogares en lugares determinados del recinto y sin ocupar directamente las galerías superiores.

El utillaje es escaso pero típico, tanto en la industria ósea, con punzones como en la lítica, con puntas de La Gravette, buriless, gratadors, etc. Aparecen las primeras plaquetas grabadas y pintadas, sin mostrar ningún elemento de arte desarrollado ni indican una técnica artística en sus primeros momentos iniciales.

La superficie habitable parece más uniforme y está mejor condicionada, con hogares organizados alrededor de grandes piedras y un posible enlosado en el rincón NE. Algunas losas pudieron ser reutilizadas después de haber sido grabadas figurativamente en un primer momento de uso.
En una de las zonas estériles en C.E. entre 6,25-6,5 metros se encontró el cráneo humano. Debajo había restos de hogar, mientras que por sobre aparecieron unas losas que podrían haber tapado la inhumación.

La industria ósea cuenta con punzones, algunas espátulas y piezas con esbozos de bisel que después se generalizarán en el magdaleniense. En el sílex aparecen útiles en forma de hoja, buriles, gratadors, etc.

Solutrense medio:

Se desarrolla una ocupación más intensa, aunque la escasez de fauna consumida se interpreta como episodios de habitación intermitente del yacimiento, sin lograr los niveles posteriores.
La industria ósea ha evolucionado respecto del nivel anterior y es más abundante, tiene los mismos tipos, sobre todo punzones y huesos apuntados y alguna posible espátula, pero es de mayor calidad y mejor acabado. En sílex son abundantes las puntas foliformes, con sus variantes de hoja de laurel y hoja de salze, buriles y puntas de dorso. Es el momento en que surgen puntas solutrenses y la variante de aletas y pedúnculo.


Solutrense superior:

Hay una clara separación dentro de la evolución de la industria lítica que permite distinguir esta nueva etapa del solutrense. La diferencia, como dice Pericot, no es sólo cualitativa, sino también cuantitativa, puesto que se hace notar una ocupación todavía más intensa de la cavidad.

El nivel es casi horizontal y desaparecen las losas caídas del techo. Hay mucha ceniza y restos de fauna consumida.

La industria ósea es más abundante pero los tipos no aumentan, sobre todo punzones, posibles espátulas y agujas, etc. El trabajo del sílex logra su punto culminante, constituyendo una de las cosas más notables del yacimiento. Juntamente con las puntas solutrenses de la tradición anterior, continúan apareciendo las de pedúnculo y aletas, las pedunculades y nacen las puntas escotadas.

Muchas de estas puntas escotadas son ya verdaderas microlitos que preludien la disminución de talla o microlitismo de la industria de los niveles superiores del yacimiento.

Las plaquetas grabadas y pintadas llegan a su apogeo, sobre todo las de grandes apoyos. Hay muchos dentalia utilizados como ornamento.


Solútrio-auriñaciense final:

La cueva continúa siendo ocupada intensamente y sólo se registra una gran losa, con áreas de combustión de hogares, especialmente en la colada E. Una gran plaqueta grabada con representaciones faunísticas funcionó de solera de una de estas estructuras con ceniza y huesos quemados. En la parte occidental continuaban documentándose grandes acumulaciones de restos de fauna.

La industria ósea es más abundante y más rica tipológicamente, con punzones, huesos apuntados, atzagaies de cuerno de tipos propios del magdaleniense I. En la industria lítica, el predominio de la punta de escotadura es total y la técnica solutriense empieza a ser muy extraña. Abundan los gratadors y los buriles. Esta industria tiene un cierto aire microlítico.


Magdaleniense I:

A los cuatro metros se había producido un cambio radical en la estratigrafía. El cambio fundamental consiste en la sustitución del instrumental de piedra (puntas de pedúnculo y de retoque solutrense, gratadors y buriles) por el de hueso y cuerno de ciervo. Los nuevos pobladores de Parpalló, aparentemente, no tenían un dominio tan esmerado de la talla lítica, pero aumentaron cuantitativamente el trabajo del hueso, que hasta el momento se habían limitado a punzones, para pasar a una panòplia de proyectiles entre los cuales destacaba el atzagaia con bisel tachado, sustituta hipotética de la punta lítica.


Magdaleniense II:

Su definición está basada en criterios estratigráficos no muy convenientes incluso para el mismo Pericot. De todos modos, se señala la aparición apreciable de varillas de hueso acanaladas longitudinalmente, de agujas de coser de la misma materia y el aumento relativo del grabado o tachado de las piezas óseas, quizás el elemento más característico del nivel.

La industria lítica no ofrece casi ninguna novedad, aunque que Pericot reconoce que se trata de uno de los niveles en que el sílex ha sido más estudiado.


Magdaleniense III: entre 2'50 y 0'80 metros

Se trata del nivel más extenso de Parpalló, por el que también es el que ofrece una mayor cantidad de materiales arqueológicos. En cuanto a la industria ósea, se habla de borde 1600 piezas identificadas de hueso o cuerno trabajados (con una media de 91 por decímetro de espesor), con todos los tipos principales representados (atzagaies, puntas, punzones, agujas de coser, varilles largas de sección subquadrangular y acanalado longitudinal, etc.).

La industria lítica retocada se recupera en términos cuantitativos y se hacen muy abundantes los microlitos, sobre todo las pequeñas hojas de dorso, los microgratadors, los microburiles, etc.
Pericot habla del apogeo de la ocupación a la cavidad, con un superficie nivelada y perfectamente habitable a pesar de la presencia de alguna losa aislada y que llegaría desde la plataforma de la entrada hasta las galerías del fondo


Magdaleniense IV

La tendencia hacia la intensificación de la ocupación ya documentada en el Magdaleniense III se confirma ahora. La entrada es ocupada de manera ocasional o esporádica, pero, por el contrario, las galerías del fondo son ocupadas ya de manera permanente puesto que la separación del desnivel entre la cámara y estas ha desaparecido. La zona cercana a la colada estalagmítica occidental continúa siendo un inmenso osario brechificado.

Este nivel superior del yacimiento está caracterizado por un conjunto de piezas muy típicas como la azagaya de cuerno con bisel, la aguja de hueso, los arpones, pieza que había sido objeto de investigaciones especiales desde los primeros días de la intervención.

En la industria lítica se acentúa el carácter peculiar microlítico.

Para Pericot, en algún momento tardío de la secuencia, posiblemente ya en el neolítico, estos rincones fueron habitadas en detrimento de la cámara, tal y cómo testimonian los hallazgos de cerámica neolítica, ibérica y romana.

La estratigrafía de la cueva del Parpalló ha continuado centrando los esfuerzos de muchos investigadores. Entre ellos, por ejemplo, hay que mencionar J.M. Chapa o E. Aura que, a partir del estudio exhaustivo de los materiales del talud, revisaron la secuencia estableciendo matizaciones respecto al original de Pericot. Algunas de estas novedades pasaron para transformar el auriñaciense al gravetiense, denominación más acorde con las actualizaciones historiográficas, o en la definición de una nueva fase al inicio del magdaleniense que se denominará badeguliense.